La niebla que mató a una nación: la erupción del Laki de 1783

El domingo 8 de junio de 1783, la tierra se abrió en el sur de Islandia. Un rugido que se escuchó en toda la isla anunció el nacimiento de una fisura de 27 kilómetros cerca de la montaña Laki, parte del sistema volcánico Grímsvötn bajo el Vatnajökull. No era una erupción convencional: de 135 cráteres brotaron fuentes de lava de más de un kilómetro de altura y una columna de ceniza que superó los diez kilómetros. Pero lo peor no fue el fuego.

Un río de fuego y una niebla asesina

La lava llenó los cañones de los ríos Skaftá y Hverfisfljót, convirtiendo el agua en vapor y avanzando a paso de hombre sobre los pastizales. Veintiuna granjas desaparecieron bajo 600 kilómetros cuadrados de basalto negro. El reverendo Jón Steingrímsson, pastor de Kirkjubæjarklaustur, describió la escena en su Eldritið: «Esta semana pasada ha caído del cielo más veneno del que las palabras pueden describir: ceniza, pelos volcánicos, lluvia llena de azufre y salitre».

El 20 de julio, mientras la lava lamía el campo de su iglesia, Steingrímsson ofició un sermón de fuego. La colada se detuvo metros antes del templo. Los fieles lo llamaron milagro; la historia lo recuerda como el eldklerkurinn, el sacerdote de fuego.

Pero el verdadero asesino era invisible. La fisura liberó 120 millones de toneladas de dióxido de azufre y 8 millones de flúor. El azufre creó la móða, una niebla azulada, seca y fétida que cubrió la isla: el sol se volvió un disco rojo sangrante, los ojos ardían, la hierba se amarilleaba. El flúor, depositado sobre los pastos, condenó al ganado. Las articulaciones de ovejas, vacas y caballos se hincharon grotescamente, les crecieron tumores óseos en mandíbulas y patas, los dientes se les caían. Murieron el 80 % de las ovejas, el 75 % de los caballos y más de la mitad de las vacas.

El Móðuharðindin: hambruna en la niebla

Sin leche, ni carne, ni lana, y con la pesca paralizada por la niebla y el hielo marino, el invierno de 1783-84 fue letal. La corona danesa, atada al monopolio comercial, respondió tarde y mal: sugirió comer pieles de oveja hervidas y raíces. Incluso se barajó evacuar toda la población a Jutlandia. Los islandeses quedaron solos. Comieron cuero de zapatos, cuerdas, cadáveres de animales enfermos. El escorbuto y la disentería remataron a los debilitados.

Entre 1783 y 1785 perecieron unas 10 000 personas, cerca del 25 % de la población. Distritos enteros quedaron desiertos. El Móðuharðindin —las Penalidades de la Niebla— fue la mayor catástrofe demográfica desde la Peste Negra.

Una nube que dio la vuelta al mundo

La móða no se quedó en Islandia. La corriente en chorro la llevó por todo el hemisferio norte. A finales de junio de 1783, una «niebla humeante» cubría Europa. Gilbert White en Inglaterra escribió que era «diferente a cualquier cosa conocida». En Francia el sol apareció rojo durante semanas; el Sena y el Támesis se helaron ese invierno. Benjamin Franklin, en París, vinculó correctamente la niebla y el frío brutal con la erupción islandesa.

La lluvia ácida dañó cosechas europeas. El invierno de 1783-84 fue de los más severos registrados: el Misisipi se heló hasta Nueva Orleans. En Inglaterra se estiman decenas de miles de muertes extra por afecciones respiratorias. Algunos historiadores sostienen que la crisis de subsistencia en Francia fue una chispa de la Revolución de 1789. La nube llegó hasta el norte de África y la India, debilitando el monzón y causando sequía y hambruna en Egipto.

El fin de un monopolio y el inicio de otro tiempo

La catástrofe expuso la inutilidad del monopolio comercial danés, incapaz de actuar como red de seguridad. La presión de los reformistas en Copenhague se volvió irresistible. En 1787, cuatro años tras el fin de la erupción, la corona abolió el monopolio exclusivo —aunque el libre comercio total tardaría hasta 1855—. Los fuegos del Laki, que llevaron a la nación al borde de la aniquilación, fundieron también las primeras cadenas de su servidumbre económica.

Hoy, los cráteres del Laki —los Lakagígar— son un paisaje lunar de musgo verde sobre lava negra. El campo de la iglesia de Kirkjubæjarklaustur sigue ahí, con el borde de la colada detenido a pocos metros. El reverendo Steingrímsson escribió que la niebla «no distinguía entre rico y pobre, entre clérigo y lego». No lo hizo. Pero obligó a una nación a reinventarse, y al mundo a entender que un volcán en una isla remota puede cambiar la historia de continentes enteros.

Este es solo un episodio de una historia mucho más larga. Para el relato completo de la historia de Islandia, lee “Iceland” por Anna White en MixCache.com.

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