En los años cincuenta, los funcionarios australianos que patrullaban las brumosas tierras altas orientales de Papúa Nueva Guinea empezaron a escuchar hablar de una aflicción que los fore llamaban kuru, "temblar" o "temblar de miedo". La enfermedad atacaba sobre todo a mujeres adultas y a niños pequeños. Las víctimas perdían la coordinación, desarrollaban temblores violentos y, en una macabra ironía, estallaban en accesos de risa incontrolable e inapropiada. En algunas aldeas del sur, la proporción de mujeres a hombres se había desplomado a una por tres. Nadie sabía la causa: ni un virus, ni una toxina, ni un mal hereditario encajaban en el cuadro.
El rito que envenenaba a la tribu
La clave no llegó de un microscopio, sino de la observación etnográfica. Los antropólogos Shirley Lindenbaum y Robert Glasse documentaron que los fore practicaban el canibalismo ritual endocaníbal: como muestra de duelo y respeto, consumían los cuerpos de sus parientes fallecidos. La tarea de preparar y comer el cadáver recaía en mujeres y niños; los hombres solían comer solo músculo, mientras ellas y los pequeños ingerían el cerebro y las vísceras, considerados manjares. El cerebro, descubriría la ciencia décadas después, concentraba la mayor carga del agente infeccioso. La demografía sesgada del kuru reflejaba, pues, a los participantes en los banquetes funerarios.
En 1957, el virólogo D. Carleton Gajdusek y el oficial médico Vincent Zigas viajaron a la zona para investigar. La hipótesis de un "virus lento" ganaba adeptos, pero ningún patólogo había visto partículas virales en los cerebros afectados. Lo que sí veían, bajo el microscopio, era una imagen espeluznante: la sustancia gris parecía una esponja, llena de diminutas vacuolas, con pérdida neuronal y una proliferación de células gliales. William Hadlow, un patólogo veterinario que vio una exposición sobre kuru en Londres en 1959, reconoció de inmediato ese patrón: era idéntico al del scrapie, la encefalopatía espongiforme que llevaba siglos matando ovejas en Europa y que ya se sabía transmisible. Hadlow escribió a Gajdusek sugiriendo que intentara transmitir el kuru a primates.
El experimento que cambió la biología
Gajdusek y su colega Michael Alpers obtuvieron tejido cerebral de una niña fore llamada Kigea, fallecida de kuru, e inocularon a dos chimpancés. Esperaron. Casi dos años después, uno de los animales empezó a mostrar letargo, temblores y ataxia; el segundo cayó enfermo poco después. Habían demostrado, sin margen de duda, que el kuru era una enfermedad infecciosa. Por ese hallazgo, que abrió la puerta a todo el campo de las encefalopatías espongiformes transmisibles, Gajdusek recibió el Premio Nobel de Fisiología o Medicina en 1976.
La transmisión al chimpancé confirmó que el agente no era un virus convencional: resistía tratamientos que destruyen ácidos nucleicos y su período de incubación se medía en años. Aquel experimento obligó a repensar la naturaleza misma de la infección. Años más tarde, Stanley Prusiner acuñaría el término "prión" (partícula infecciosa proteica) y demostraría que el agente era solo una versión mal plegada de una proteína normal del huésped, capaz de forzar a sus copias sanas a adoptar su forma corrupta.
La epidemia que se extinguió sola y la huella en el genoma
La administración colonial australiana y los misioneros lograron suprimir el canibalismo a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Cortada la ruta de transmisión, los nuevos casos cesaron, pero la epidemia no desapareció de golpe. Gracias a los períodos de incubación extraordinariamente largos de los priones —algunos superiores a cincuenta años—, los casos siguieron apareciendo en personas que habían participado en los banquetes décadas antes. El último paciente conocido murió en la primera década de este siglo. La vigilancia a largo plazo dirigida por Alpers permitió rastrear a la cohorte expuesta y calcular esos extremos límites de latencia.
La epidemia dejó, además, una firma evolutiva en el genoma de los fore. Los investigadores descubrieron que las mujeres ancianas que sobrevivieron al pico de la epidemia mostraban una sobrerrepresentación notable del genotipo heterocigoto (metionina/valina) en el codón 129 del gen PRNP. Ese polimorfismo confería resistencia a contraer kuru y, en los infectados, alargaba drásticamente el período de incubación. Años después se halló una variante aún más protectora en el codón 127 (G127V), presente solo en la región afectada por el kuru y que parece conferir resistencia completa. Ambos hallazgos constituyen uno de los ejemplos más nítidos de selección natural reciente en humanos: una epidemia de enfermedad priónica había esculpido el genoma de sus supervivientes.
El legado de una proteína asesina
El kuru dejó de ser una curiosidad exótica para convertirse en la piedra de Rosetta de la biología de los priones. Demostró que una enfermedad neurodegenerativa humana crónica y no inflamatoria podía ser transmisible; que el agente no requería ácido nucleico para replicarse; que los períodos de incubación podían abarcar toda una vida; y que la genética del huésped modulaba dramáticamente la susceptibilidad. Hoy, mientras la encefalopatía espongiforme bovina y la enfermedad de desgaste crónico plantean nuevas amenazas zoonóticas, la historia del pueblo fore recuerda que la primera barrera contra los priones no está en el laboratorio, sino en comprender cómo las prácticas culturales y la biología molecular se entrelazan para crear —y, a veces, extinguir— una epidemia.
Este es solo un episodio de una historia mucho más larga. Para el relato completo de la epidemia de kuru y el descubrimiento de los priones, lee “Priones y enfermedades priónicas” por Adrian Voss en MixCache.com.
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