En el cajón de la cocina de Walter Freeman no había cucharas de palo ni abrelatas: había un picahielos común, de los que se usan para romper bloques de hielo en las neveras antiguas. Una mañana de enero de 1946, el neurólogo lo tomó, lo esterilizó y lo llevó a su consulta en Washington D.C. Allí, un paciente esperaba inconsciente tras recibir una descarga de electroshock. Freeman levantó el párpado superior, introdujo la punta del picahielos en el ángulo interno de la órbita ocular y, con un mazo, lo golpeó hasta atravesar el hueso delgado que separa la cuenca del ojo del lóbulo frontal. Una vez dentro, agitó el instrumento de un lado a otro para seccionar las fibras nerviosas. Repitió la operación en el otro ojo. Todo el procedimiento duró menos de diez minutos.
El nacimiento de la leucotomía
La idea de operar el cerebro para curar la locura no era de Freeman. En 1935, en una conferencia neurológica en Londres, el neurólogo portugués António Egas Moniz vio una presentación sobre dos chimpancés, Becky y Lucy, a los que se había extirpado parte del lóbulo frontal: dejaron de ser agresivos y se volvieron plácidos. Moniz, cuyas manos estaban tullidas por la gota, encargó a su colega Almeida Lima que probara la técnica en humanos. El 12 de noviembre de 1935 perforaron el cráneo de una mujer de 63 años e inyectaron alcohol en sus lóbulos frontales. Moniz llamó al procedimiento leucotomía prefrontal y, tras operar a veinte pacientes, declaró siete curados y siete mejorados. En 1949 recibió el Nobel de Medicina por ello.
Freeman y Watts: la lobotomía llega a América
Walter Freeman, neurólogo carismático y ambicioso, asistió a aquella conferencia de 1935 y quedó fascinado. Al regresar a Estados Unidos se asoció con el neurocirujano James Watts. En 1936 realizaron la primera leucotomía en América, modificando la técnica de Moniz y rebautizándola como lobotomía. Freeman la promocionó como un milagro: "La lobotomía los lleva a casa". Pero el procedimiento requería quirófano, anestesia general y un neurocirujano entrenado, recursos escasos en los hospitales psiquiátricos estatales superpoblados. Freeman quería algo más simple, rápido y barato que pudiera hacer cualquier psiquiatra en cualquier lugar.
El picahielos: la lobotomía transorbital
La inspiración le llegó en 1945, al leer sobre un médico italiano que accedía al cerebro a través de la órbita ocular. Freeman adaptó la técnica. Su instrumento inicial fue, literalmente, un picahielos de su cocina; luego mandó fabricar uno de acero inoxidable con una marca a cuatro centímetros de la punta para medir la profundidad, al que llamó orbitoclasto. La operación se hacía en la consulta: el paciente era dejado inconsciente con electroshock, sin anestesia ni equipo quirúrgico. Freeman insertaba el orbitoclasto por el párpado superior, lo golpeaba con un mazo hasta romper la lámina cribosa del hueso etmoides y lo movía en abanico para cortar las conexiones frontales. A veces lo hacía en ambos ojos simultáneamente, "para aumentar el dramatismo", según testigos.
El lobotomóvil: cruzando el país
La ruptura con Watts —horrorizado por la brutalidad del nuevo método— no detuvo a Freeman. Compró una autocaravana, la pintó con su nombre y la apodó "lobotomóvil". Durante años recorrió Estados Unidos deteniéndose en hospitales estatales, donde demostraba la técnica ante auditorios de médicos y enfermeras. Realizó miles de lobotomías él solo, sin formación quirúrgica, en pacientes que incluían niños de cuatro años. Para 1951 se estimaba que se habían practicado entre 40.000 y 50.000 lobotomías solo en Estados Unidos, la mayoría en mujeres.
Rosemary Kennedy: la víctima más famosa
En 1941, Freeman y Watts operaron a Rosemary Kennedy, hermana del futuro presidente John F. Kennedy. Tenía 23 años, cambios de humor y un comportamiento que su familia consideraba difícil. La lobotomía la dejó con la capacidad mental de un niño pequeño, incapaz de caminar o hablar con claridad. Fue institucionalizada y ocultada al público durante décadas. Su caso, conocido años después, se convirtió en el símbolo trágico de una época en que la cirugía cerebral se vendió como cura para la conducta incómoda.
El final de una era
Los resultados fueron catastróficos. La operación reducía la agitación, pero a costa de la personalidad: apatía, embotamiento emocional, pérdida de iniciativa, incontinencia. Freeman llamaba al resultado "infancia inducida quirúrgicamente" y aseguraba que los pacientes volverían a madurar; muchos no lo hicieron. La llegada de la clorpromazina (Thorazine) en 1954 ofreció por primera vez un control farmacológico de la psicosis sin destruir el cerebro. La lobotomía cayó en desuso, aunque Freeman siguió defendiéndola hasta su muerte en 1972. Su último paciente, una mujer de 56 años, murió de hemorragia cerebral tres días después de la operación; el hospital le retiró los privilegios quirúrgicos.
Hoy, los orbitoclastos de Freeman descansan en vitrinas de museos médicos, junto al picahielos original. La lobotomía transorbital permanece como el episodio más extremo de una década en que la psiquiatría, desesperada por vaciar sus pabellones, arremetió contra el cerebro con insulina, bisturíes y electricidad. No fue obra de sádicos, sino de hombres convencidos de librar una guerra heroica contra la locura con las únicas armas que tenían. El lobotomóvil se oxidó en un garaje; el picahielos volvió a ser, simplemente, un picahielos.
Este es solo un episodio de una historia mucho más larga. Para el relato completo de la historia de la enfermedad mental, lee “Historia de la enfermedad mental” por Denise Johnson en MixCache.com.
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