El día que Malta cambió de dios y de amo

El viento gregal soplaba sobre las murallas de Melite la madrugada del 29 de agosto de 870. Dentro de la ciudadela, el gobernador bizantino Amros observaba cómo los últimos defensores apilaban piedras en las brechas abiertas por las máquinas de asedio. Afuera, el ejército aglabí —enviado desde la Sicilia ya conquistada— ultimaba los preparativos para el asalto final. El ingeniero Halaf al-Hādim, artífice de la victoria, había muerto días antes bajo un derrumbe de sus propios ingenios; su sustituto, Sawāda Ibn Muḥammad, no concedería tregua.

El último baluarte bizantino

Melite no era una ciudad cualquiera. Durante más de tres siglos había sido la llave bizantina en el Mediterráneo central, un nudo donde convergían la ruta del grano africano y la defensa de Sicilia. Sus murallas, rehechas en el siglo VIII tras las primeras razzias musulmanas, encerraban una urbe densa: basilicas con ábsides orientados al este, cisternas alimentadas por acueductos romanos, calles empedradas que olían a aceite y a incienso. El obispo Trajano, nombrado por el papa Gregorio Magno tras deponer a su predecesor Lucilo, administraba una diócesis que aún miraba a Siracusa y, a través de ella, a Roma.

Pero el mundo había cambiado. El Califato abasí se fragmentaba; en Ifriqiya, los aglabíes gobernaban como émires independientes desde Kairouan. Desde 827, sus ejércitos mordían Sicilia pueblo a pueblo. Malta, a medio camino, era el escalón que faltaba. En 835 una incursión de Abu Iqal ya había husmeado las costas; en 869, Ahmad ibn Umar lanzó el primer asalto serio, rechazado in extremis por refuerzos llegados de Constantinopla. Un año después, la flota regresó con órdenes de no volver sin la rendición.

El asedio y la inscripción de Susa

El cerco duró semanas. Las fuentes árabes —al-Himyarī, Ibn al-Athir— discrepan en detalles: ¿había ya musulmanes en la isla? ¿fue una reconquista bizantina la que provocaron los aglabíes? Lo que coinciden es en la fecha y en la carnicería. Al caer la ciudad, los vencedores masacraron a la población, demolieron las iglesias y cargaron en sus naves columnas, capiteles y losas de mármol blanco. Esa piedra viajó 300 kilómetros al sur, hasta la fortaleza costera de Susa.

Allí sigue, grabada en árabe cúfico, la prueba material del saqueo: «Cada losa tallada, cada columna de mármol en este fuerte fue traída de la iglesia de Malta por Ḥabaši ibn ‘Umar con la esperanza de merecer la aprobación y bondad de Alá el Poderoso y Glorioso». La inscripción, redescubierta en el siglo XIX, convierte el relato cronístico en arqueología tangible. No hay metáfora: el cristianismo bizantino de Malta fue desmontado pieza a pieza para edificar el poder musulmán en el Magreb.

El silencio de casi dos siglos

Al-Himyarī afirma que, tras la matanza, Malta quedó *hirba* —ruina deshabitada— hasta 1048-1049, cuando una comunidad musulmana llegada de Sicilia la repobló y rebautizó la capital como Medina. La arqueología matiza: cerámicas del siglo XI halladas en Mdina sugieren que la vida urbana renació antes. Pero el vacío demográfico es real. No hay monedas bizantinas posteriores a 870, ni inscripciones griegas, ni restos de culto cristiano. La lengua, la toponimia, la genética de la isla se reinician en árabe siciliano.

El obispo Juliano, atestiguado en 553, y Lucilo, depuesto en 598, no tuvieron sucesores conocidos. Las catacumbas de Rabat, usadas desde el paleocristiano, enmudecen. Cuando los normandos desembarcaron en 1091, hallaron una isla musulmana, fortificada, próspera, sin rastro visible de la Melite que había sido provincia romana, tema bizantino y sede episcopal. Los cautivos liberados por Roger I —esos que cantaron *Kyrie eleison* a los pies del conde— eran extranjeros capturados por corsarios, no malteses.

La herencia invisible

El 29 de agosto de 870 no fue solo un cambio de bandera. Fue el momento en que Malta dejó de mirar al norte —a Sicilia, a Roma, a Constantinopla— para girar hacia el sur, hacia el *Dar al-Islam*. Los nombres de los pueblos —Mdina, Marsa, Mġarr, Rabat, Żejtun— siguen escritos en la fonética de aquellos repobladores. La *noria* que aún gira en algunos pozos, los terraplenes que escalonan las laderas, el algodón que vestiría a la isla durante siglos: todo llegó en las alforjas de los vencedores de 870.

La inscripción de Susa, tallada en mármol maltés, resume la ironía: la piedra que había sostenido el rito cristiano se volvió cimiento del *ribat* islámico. Amros, Halaf, Sawāda, Ḥabaši: nombres de vencedores y vencidos que el viento gregal dispersó. Malta, la isla que había sobrevivido mil años de abandono neolítico, mil quinientos de templos megalíticos, siglos de Roma y de Bizancio, empezó ese día a escribir su historia en árabe. Y no ha dejado de hacerlo.

Este es solo un episodio de una historia mucho más larga. Para el relato completo de la conquista árabe de Malta, lee “La historia antigua de Malta” por Dr Alex Bugeja, PhD en MixCache.com.

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