Entender la Italia de la segunda mitad del siglo XX es, en gran medida, entender a Bettino Craxi. Esta biografía de Alex Bugeja no se limita a narrar la trayectoria de un político; disecciona el sistema entero que lo aupó y lo destruyó, ofreciendo las claves para descifrar por qué la política italiana sigue girando, décadas después, en torno a las tensiones que él encarnó: reforma frente a clientelismo, soberanía frente a alianza, justicia frente a poder.
Qué abarca el libro y a quién va dirigido
El volumen recorre veinticinco capítulos que van desde la infancia de Craxi en una Milán bombardeada durante la Segunda Guerra Mundial hasta su muerte en Túnez en el año 2000. La estructura sigue un orden cronológico riguroso: los primeros años y la formación en el socialismo autonomista (capítulos 1-2), la conquista del PSI y la ruptura con los comunistas (3-5), la presidencia del Gobierno con sus reformas económicas, la crisis de Sigonella y la política mediterránea (6-9), el estallido de Tangentopoli y la investigación Mani Pulite (10-13), el exilio, los juicios y la defensa desde Hammamet (14, 24), y finalmente el análisis de su legado político, económico, mediático y cultural (15-23, 25). El libro presupone un lector interesado en la historia política contemporánea, capaz de seguir el juego de coaliciones, la jerga institucional y la trama judicial sin necesidad de glosarios, pero escribe con claridad narrativa para que el no especialista no se pierda en la maleza de siglas y nombres.
El laboratorio milanés: cómo se forjó un estilo de poder
Los primeros capítulos revelan que el "método Craxi" no nació en Roma, sino en la federación milanesa del PSI. Allí, como secretario provincial y luego como concejal, ensayó la centralización del aparato, la promoción de cuadros leales ("los chicos de Craxi") y la captación de recursos a través de la obra pública. El texto describe cómo "el control del PSI sobre el ayuntamiento y el gobierno regional de Lombardía era casi absoluto, y fue allí donde la práctica se refinó hasta convertirse en una ciencia" (capítulo 10). Esa escuela milanesa explicaría luego la capacidad de Craxi para imponer su voluntad en el partido nacional y, después, en el Gobierno: sabía manejar palancas administrativas, medir lealtades y convertir el clientelismo en arquitectura de poder.
El "decisionismo" en el Palazzo Chigi: estabilidad a cambio de deuda
Cuando Craxi llega a la presidencia del Gobierno en 1983, rompe el tabú democristiano y estrena un estilo que el libro califica de "decisionismo": gobierna como consejero delegado, usa la cuestión de confianza para acallar debates y busca la comunicación directa por televisión. El resultado más tangible es la victoria en el referéndum de 1985 sobre la scala mobile, que rompe la espiral salarios-precios y abre la puerta al "segundo milagro italiano" y al sorpasso de 1987 (capítulo 7). Pero el libro no oculta el coste: "esa prosperidad se cimentó sobre arena", señala el capítulo 20, porque el gasto público se descontroló para alimentar las redes del Pentapartito y la deuda nacional saltó del 70 % al 90 % del PIB. El lector sale con una ecuación nítida: estabilidad política a corto plazo, hipoteca fiscal a largo plazo.
Sigonella y la invención de una soberanía mediática
El capítulo 9 reconstruye hora por hora el pulso de octubre de 1985 en la base siciliana, cuando Carabinieri y Fuerza Delta se encañonaron por la custodia de los secuestradores del Achille Lauro. Craxi ordena rodear el avión egipcio y se niega a ceder ante la llamada de Reagan a la 1:30 de la madrugada: "Nuestras leyes y nuestro código penal no tienen calificación doble A, pero son los de un Estado soberano". El episodio, más que un incidente diplomático, se convierte en el mito fundacional de su imagen de estadista: el primer líder italiano que dice "no" a Washington y sale airoso. El libro muestra cómo esa escena, televisada y repetida, cimentó una relación directa con la opinión pública que ningún primer ministro anterior había logrado.
Mani Pulite: de la residencia de ancianos al derrumbe del sistema
La investigación judicial no comienza con un gran nombre, sino con Mario Chiesa, presidente del Pio Albergo Trivulzio, sorprendido tirando billetes por el retrete (capítulo 11). Antonio Di Pietro y su equipo convierten ese hilo en una madeja que arrastra a empresarios, ministros y finalmente al propio Craxi. El libro detalla la mecánica del avviso di garanzia filtrado a la prensa como arma de presión pública y la estrategia de los pentiti para obtener penas reducidas. Lo revelador es cómo el autor presenta la reacción de Craxi: no niega la financiación irregular, la universaliza. En su discurso del 3 de julio de 1993 lanza: "Lo que hay que decir, y lo que todo el mundo sabe, es que una gran parte de la financiación política es irregular o ilegal" (capítulo 12). Esa frase resume la tesis del "chivo expiatorio" que defenderá hasta la muerte.
El fantasma que sigue votando: herederos, deuda y justicia
Los últimos capítulos (20, 23, 25) trazan la línea que une a Craxi con la Italia actual. Su espacio electoral huérfano fue ocupado por Silvio Berlusconi, que heredó el discurso anticomunista, la alianza con el empresariado y la desconfianza hacia la judicatura. La deuda pública explotada en los ochenta sigue condicionando las cuentas italianas en el euro. Y el choque entre política y magistratura, inaugurado en el Mani Pulite, sigue siendo el eje de gran parte del debate público. La tumba en Hammamet, "mirando al norte, a través del agua, hacia la lejana e invisible costa de Sicilia" (capítulo 25), funciona como metáfora perfecta: Craxi sigue mirando a un país que no terminó de juzgarlo y que, a su vez, no termina de juzgarse a sí mismo.
¿Quién debería leer este libro y quién puede prescindir de él?
Quien busque una introducción densa pero accesible a la política italiana de la posguerra —estudiosos, periodistas, lectores de no ficción histórica— encontrará aquí una brújula fiable: el libro conecta los puntos entre la Guerra Fría, el terrorismo de los Años de Plomo, la ingeniería financiera del boom ochentero y el terremoto judicial de los noventa sin perder el hilo biográfico. Por el contrario, el lector que espere una crónica ligera de anécdotas o una defensa partidista (ya sea hagiográfica o condenatoria) se frustrará: Bugeja se niega a elegir bando y expone las contradicciones del personaje con la misma fría minuciosidad con que describe la contabilidad de las tangenti. Es, en definitiva, el contexto indispensable para entender por qué, veinticinco años después, Italia sigue discutiendo si Craxi fue el estadista que la modernizó o el canalla que la vació por dentro.
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