En el corazón de la gran cordillera del Himalaya, encaramado en la frontera entre Nepal y la Región Autónoma del Tíbet de China, se alza una montaña de una escala tan colosal que ha capturado la imaginación humana durante siglos. Este es el Monte Everest, el punto más alto de la Tierra. Su cumbre, a una impresionante altura de 8.848,86 metros (29.031,7 pies) sobre el nivel del mar, roza los límites inferiores de la estratosfera, un reino de vientos castigadores y aire peligrosamente 희박. Parte de la subcordillera Mahalangur Himal, el Everest es el resultado asombroso de inmensas fuerzas geológicas que comenzaron hace unos 50 millones de años. El empuje implacable hacia el norte de la placa tectónica india contra la placa euroasiática plegó la corteza terrestre, elevando hacia el cielo el lecho marino del antiguo océano Tethys. Esta colisión monumental, que continúa hasta el día de hoy y hace que el Himalaya crezca unos pocos milímetros cada año, creó los picos escarpados y esculpidos por el hielo que definen el techo del mundo.
Durante siglos, la montaña fue conocida por sus nombres locales. En el Tíbet, es Chomolungma, que significa "Diosa Madre del Mundo". En Nepal, es Sagarmatha, que puede traducirse como "Diosa del Cielo". Ambos nombres reflejan una profunda reverencia espiritual por la cumbre, considerándola no como una conquista, sino como una entidad sagrada. El nombre "Everest" es una adición relativamente reciente y algo controvertida. A mediados del siglo XIX, el Gran Levantamiento Trigonométrico de la India, un proyecto dirigido por los británicos para cartografiar el subcontinente, identificó la montaña, entonces designada "Pico XV", como la más alta del mundo. En 1865, en contra de los deseos del propio interesado, la Real Sociedad Geográfica la nombró oficialmente en honor a Sir George Everest, ex Director General del Levantamiento de la India. El propio Everest había argumentado a favor de la preservación de los nombres locales, pero sus protestas fueron desoídas.
El atractivo de este pico remoto y prohibido resultó irresistible para un cierto tipo de aventurero. A principios del siglo XX amaneció la era del montañismo en el Everest, con expediciones británicas dominando los primeros intentos. Estas primeras incursiones se caracterizaron por chaquetas de tweed, rudimentarios equipos de oxígeno y un enfoque de prueba y error para la escalada a gran altitud. La expedición de 1922 vio la primera vez que los escaladores superaron una altitud de 8.000 metros. Dos años después, en 1924, George Mallory y Andrew "Sandy" Irvine realizaron un intento fatídico a la cumbre del que nunca regresarían. Fueron vistos por última vez "subiendo con fuerza hacia la cima" a través de una abertura en las nubes, dejando tras de sí uno de los misterios más perdurables del montañismo: ¿llegaron a la cumbre antes de perecer? El cuerpo de Mallory fue descubierto finalmente en 1999, pero la cuestión de si él y Irvine fueron los primeros en pisar el techo del mundo sigue sin respuesta.
Habría que esperar casi tres décadas más de lucha, innovación y tragedia antes de que la cumbre fuera conquistada definitivamente. El avance llegó el 29 de mayo de 1953, una fecha grabada en los anales de la exploración. Ese día, como parte de la novena expedición británica a la montaña, el neozelandés Edmund Hillary y el sherpa Tenzing Norgay se plantaron en la cumbre del Everest, los primeros humanos en hacerlo de forma confirmada. La expedición, liderada con precisión militar por el coronel John Hunt, fue una empresa masiva, que involucró a más de 350 porteadores para transportar toneladas de equipo hasta la base de la montaña. El empuje final implicó el establecimiento de una serie de campamentos de altura, un proceso metódico y agotador. Un primer intento de Tom Bourdillon y Charles Evans se quedó a apenas 100 metros de la cumbre antes de verse obligados a retroceder debido a un fallo en el equipo de oxígeno. Dos días después, Hillary y Tenzing hicieron su intento. Su último obstáculo fue una formidable pared rocosa de 12 metros (40 pies), conocida hoy famosamente como el Escalón de Hillary. Hillary, con su característica tenacidad, se encajó en una grieta de la roca, y Tenzing le siguió. A las 11:30 de la mañana, llegaron a la cumbre, pasando solo 15 minutos en el aire 희박 para tomar fotografías y enterrar algunas pequeñas ofrendas en la nieve antes de iniciar su peligroso descenso. La noticia de su éxito llegó a Londres la mañana de la coronación de la reina Isabel II, un homenaje apropiado a una nueva era isabelina de aventura.
Hoy en día, los escaladores siguen principalmente dos rutas principales hacia la cumbre: la Arista Sureste desde Nepal, la ruta tomada por Hillary y Tenzing, y la Arista Norte desde el Tíbet. Ambas son inmensamente desafiantes y presentan su propio conjunto único de obstáculos. La ruta sur comienza con una caminata hasta el Campo Base del Everest a una altitud de 5.364 metros (17.598 pies). Desde allí, la ascensión propiamente dicha comienza con lo que es, sin duda, la sección más peligrosa de toda la escalada: la cascada de hielo de Khumbu. Este traicionero río de hielo en constante movimiento es un laberinto caótico de profundas grietas y bloques de hielo gigantescos, o seracs, algunos del tamaño de edificios. El glaciar se mueve a una velocidad de hasta 1,2 metros por día, lo que hace que el paisaje cambie constante e impredeciblemente. Para navegar por este terreno peligroso, los "Médicos de la Cascada de Hielo", un equipo dedicado de sherpas, establecen una ruta al comienzo de cada temporada de escalada utilizando una red de cuerdas y escaleras de aluminio para salvar las abiertas grietas. Incluso con estas precauciones, la cascada de hielo de Khumbu sigue siendo un peligro mortal, escenario de numerosas tragedias, incluida una devastadora avalancha en 2014 que costó la vida a 16 guías sherpas.
Por encima de la cascada de hielo, los escaladores navegan por el Western Cwm, un vasto valle lleno de glaciares, antes de ascender la cara de Lhotse, una empinada pared de hielo, para alcanzar el Collado Sur, donde se establece el campo de altura final a unos 8.000 metros. Desde aquí, el empuje a la cumbre comienza en plena noche. Los escaladores ascienden una cara triangular hasta una cresta conocida como "El Balcón", luego continúan hasta la Cumbre Sur. El desafío final es el mencionado Escalón de Hillary, una pared rocosa casi vertical que, a esta altitud extrema, representa un obstáculo técnico significativo.
La ruta norte, abordada desde el Tíbet, a menudo se considera la más exigente técnicamente de las dos. Implica una larga travesía a lo largo de la Arista Norte para alcanzar la cumbre, exponiendo a los escaladores a vientos feroces. Los obstáculos clave en esta ruta son una serie de contrafuertes rocosos conocidos como el Primer, Segundo y Tercer Escalón. El Segundo Escalón, una pared rocosa vertical, fue históricamente la parte más difícil de la escalada por el lado norte. Fue escalado por primera vez en 1975 por un equipo chino que instaló una escalera que ha sido utilizada por casi todas las expediciones posteriores.
Ninguna discusión sobre el Everest está completa sin reconocer el papel indispensable del pueblo sherpa. Un grupo étnico que migró del este del Tíbet a la región de Khumbu en Nepal hace siglos, los sherpas poseen una notable adaptación fisiológica a las grandes altitudes. Su capacidad única de unión de la hemoglobina y su mayor producción de óxido nítrico les permiten realizar increíbles hazañas de fuerza y resistencia en el entorno privado de oxígeno del alto Himalaya. Inicialmente agricultores de subsistencia y comerciantes, sus vidas se entrelazaron con el montañismo a principios del siglo XX, cuando fueron contratados por expediciones británicas como porteadores y guías. Hoy en día, el término "sherpa" se ha vuelto casi sinónimo de guía de alta montaña, un testimonio de su experiencia sin parangón. Son la verdadera columna vertebral de las expediciones al Everest, realizando el trabajo agotador y a menudo peligroso de fijar cuerdas, transportar suministros, establecer campamentos y guiar a los clientes a la cumbre. Su profunda conexión cultural y espiritual con las montañas es profunda; veneran el Everest como una deidad y realizan una ceremonia Puja al comienzo de cada expedición para pedir a la montaña un paso seguro.
A pesar de los avances en equipamiento y pronósticos, el Everest sigue siendo un lugar de peligro extremo. La "zona de la muerte" por encima de los 8.000 metros presenta el mayor desafío para la fisiología humana. La falta de oxígeno conduce a una serie de condiciones debilitantes, incluyendo hipoxia, congelaciones y edemas cerebral y pulmonar de gran altitud. El juicio se ve afectado y el cuerpo comienza a apagarse. La montaña también está sujeta a tormentas repentinas y violentas, con vientos que pueden superar fácilmente los 160 kilómetros por hora.
Los riesgos inherentes a la escalada del Everest quedaron en evidencia dramática por los trágicos eventos del 10-11 de mayo de 1996, cuando una repentina ventisca envolvió a varios equipos de expedición en lo alto de la montaña. Una combinación de factores, incluyendo cuellos de botella en el Escalón de Hillary que causaron largos retrasos, un empuje a la cumbre más tardío de lo aconsejable y la ferocidad inesperada de la tormenta, condujo al desastre. En el caos subsiguiente, ocho escaladores perdieron la vida, convirtiéndose en el día más mortífero en la montaña hasta ese momento. El desastre, ampliamente divulgado en libros y películas, planteó serias preguntas sobre la creciente comercialización del Everest, donde clientes de pago, algunos con experiencia limitada, eran guiados a la cumbre.
Desde la histórica primera ascensión de Hillary y Tenzing, miles de escaladores han alcanzado la cumbre del Everest, un testimonio del poder duradero de esta magnífica montaña para inspirar y desafiar. La historia del Everest es también la de una evolución del logro humano. En 1975, Junko Tabei de Japón se convirtió en la primera mujer en pisar la cumbre. Solo tres años después, en 1978, Reinhold Messner de Italia y Peter Habeler de Austria lograron lo que se creía imposible: alcanzaron la cumbre sin el uso de oxígeno suplementario, una hazaña que redefinió los límites de la resistencia humana a altitudes extremas. Messner fue un paso más allá en 1980, completando la primera ascensión en solitario de la montaña, también sin oxígeno suplementario.
La montaña sigue evolucionando, no siempre para mejor. El dramático aumento en el número de escaladores ha generado preocupaciones por la masificación, especialmente en la arista final de la cumbre, y el impacto ambiental de tantas personas en un ecosistema frágil. Los problemas con la eliminación de residuos y los efectos visibles del cambio climático en los glaciares de la montaña son preocupaciones acuciantes para el futuro. Sin embargo, a pesar de todos los desafíos y controversias, el Monte Everest sigue siendo el símbolo definitivo de la grandeza de la naturaleza y el espíritu humano de exploración inextinguible. Es, y probablemente siempre será, el techo del mundo.