Coches autónomos - Sample
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Coches autónomos

Índice

  • Introducción
  • Capítulo 1 El amanecer de la era sin conductor: Una perspectiva histórica
  • Capítulo 2 La tecnología detrás del volante: Sensores, IA y aprendizaje automático.
  • Capítulo 3 Niveles de autonomía: De la asistencia al conductor a la automatización completa
  • Capítulo 4 El cerebro del coche: Software, algoritmos y toma de decisiones
  • Capítulo 5 El camino hacia la seguridad: Cómo los vehículos autónomos pueden reducir los accidentes.
  • Capítulo 6 La revolución económica: Impactos en las industrias y la fuerza laboral.
  • Capítulo 7 El futuro de la movilidad: Uso compartido de viajes, transporte público y propiedad personal.
  • Capítulo 8 Reconfiguración de los paisajes urbanos: El impacto en la planificación urbana y la infraestructura.
  • Capítulo 9 La ética del algoritmo: Navegando dilemas morales y el problema del tranvía.
  • Capítulo 10 Ley y orden en la carretera: Creación de nuevas regulaciones y marcos legales
  • Capítulo 11 La sacudida del seguro: Redefinición de la responsabilidad en un mundo autónomo.
  • Capítulo 12 Ciberseguridad en la vía rápida: Protección contra el hackeo y los ataques maliciosos.
  • Capítulo 13 El coche basado en datos: Preocupaciones de privacidad en una era de conectividad constante
  • Capítulo 14 La alianza humano-máquina: Construyendo confianza y garantizando una transición suave
  • Capítulo 15 Todos a bordo: Accesibilidad y una nueva era de movilidad para todos.
  • Capítulo 16 El impacto ambiental: Eficiencia de combustible, emisiones y sostenibilidad.
  • Capítulo 17 El largo recorrido: Camiones autónomos y la transformación de la industria del transporte de mercancías
  • Capítulo 18 Más allá del coche: El futuro del transporte público y compartido autónomo
  • Capítulo 19 La carrera global: Competencia y colaboración internacional en el desarrollo de vehículos autónomos
  • Capítulo 20 El negocio de la autonomía: Nuevos modelos económicos y oportunidades de inversión.
  • Capítulo 21 El tejido social: Cómo evolucionarán nuestros estilos de vida y comunidades.
  • Capítulo 22 La psicología de soltar el control: Superando el miedo a la tecnología sin conductor
  • Capítulo 23 Los innovadores: Perfiles de los pioneros que moldean el futuro autónomo
  • Capítulo 24 El camino por delante: Superando los últimos obstáculos para la adopción generalizada
  • Capítulo 25 El mundo del mañana: Una visión de la vida en una sociedad totalmente autónoma

Introducción

Existe una verdad fundamental sobre la vida moderna que está tan arraigada que apenas la notamos: durante la mejor parte de un siglo, nuestro mundo se ha construido alrededor del automóvil. Nuestras ciudades han sido moldeadas por sus necesidades, nuestras economías impulsadas por su producción, y nuestras vidas diarias definidas por el tiempo que pasamos dentro de él, manos en el volante, navegando el mundo. El estadounidense promedio pasa unos 26,8 minutos viajando al trabajo en cada trayecto, una cifra que se ha mantenido obstinadamente constante durante años. Para muchos, esto es una parte solitaria, repetitiva y a menudo estresante del día.

Este tiempo se acumula. Anualmente, el conductor promedio puede pasar el equivalente a varios días laborables atrapado en el tráfico, una realidad frustrante que conlleva costos económicos significativos debido a la pérdida de productividad y el combustible desperdiciado. El automóvil personal, ese símbolo por excelencia de la libertad y la independencia, a menudo se siente más como una pequeña jaula aislante, atrapado en un mar de otras pequeñas jaulas. Avanzamos a duras penas, escuchando los mismos informes de noticias, mirando las mismas luces de freno, realizando una tarea que se ha vuelto una segunda naturaleza pero que exige nuestra atención constante e inquebrantable.

Pero, ¿y si no tuviera por qué ser así? ¿Y si la próxima gran revolución en la vida cotidiana ya se está desarrollando silenciosamente en nuestras calles? Imaginen recuperar esas horas perdidas. Imaginen un viaje al trabajo donde puedan trabajar, leer, ver una película o simplemente relajarse y mirar por la ventana. Imaginen un vehículo que no se cansa, no se distrae, no se enfada. Esta es la promesa del coche autónomo, una tecnología destinada a redefinir no solo el transporte, sino el propio tejido de nuestra sociedad. Representa un cambio tan fundamental como el que nos llevó de los carruajes tirados por caballos al motor de combustión interna.

Este libro es una exploración de esa transformación inminente. Es un viaje hacia cómo funcionan los vehículos autónomos (VA), qué significarán para nuestro mundo y los inmensos desafíos que aguardan en el camino hacia un futuro sin conductor. Ya no hablamos de una fantasía de ciencia ficción lejana. Estos vehículos existen. Flotas de taxis autónomos ya son una realidad diaria, navegando las complejas calles de ciudades como Phoenix y San Francisco, operados por empresas como Waymo. La tecnología ya no es puramente experimental; se está desplegando comercialmente y el ritmo se está acelerando.

Los cambios que traerán estos vehículos son amplios y tocarán casi todos los aspectos de nuestras vidas. Se prevé que el mercado global de vehículos autónomos crezca hasta convertirse en una industria de varios billones de dólares dentro de la próxima década, un testimonio de la escala de la disrupción que se avecina. Industrias enteras, desde el transporte por camión y los taxis hasta los seguros y la planificación urbana, están al borde de una reinvención radical. Las implicaciones económicas son asombrosas, con algunas estimaciones que sugieren un impulso potencial de cientos de miles de millones de dólares anuales solo en EE. UU. gracias a la reducción de accidentes y el aumento de la productividad.

Consideren la industria del transporte de mercancías, el sustento de nuestra economía de consumo. El transporte por camión es una industria que enfrenta una escasez persistente de conductores. Los camiones autónomos, que pueden operar casi las veinticuatro horas sin necesidad de pausas para descansar, prometen ganancias de eficiencia sin precedentes y podrían reducir significativamente los costos de envío. Algunas proyecciones estiman que la industria del transporte de mercancías podría ahorrar 168.000 millones de dólares anuales con la adopción generalizada de la tecnología autónoma. Esta revolución en la logística podría remodelar las cadenas de suministro y acelerar los tiempos de entrega de todo lo que compramos.

Sin embargo, esta ola de innovación viene acompañada de profundas preguntas sobre el futuro del trabajo. Las ocupaciones de conducción, que incluyen a millones de conductores de camiones, autobuses y taxis, representan una fuente significativa de empleo. La transición hacia la autonomía podría desplazar a una parte sustancial de esta fuerza laboral, planteando retos sociales y económicos críticos para los que debemos prepararnos. Los nuevos empleos creados en áreas como la ingeniería de software y la gestión de flotas requerirán conjuntos de habilidades completamente diferentes, exigiendo un enfoque proactivo en educación y reciclaje profesional.

Más allá de los cambios económicos, los beneficios sociales podrían ser aún más transformadores. Uno de los argumentos más convincentes a favor de los vehículos autónomos es la seguridad. Globalmente, aproximadamente 1,19 millones de personas mueren en accidentes de tráfico cada año. Es la principal causa de muerte para niños y adultos jóvenes de 5 a 29 años. Una abrumadora mayoría de estos incidentes, estimada en alrededor del 94 %, son causados por error humano. Los conductores se distraen, se cansan, toman malas decisiones.

Un vehículo autónomo no hace nada de esto. Nunca se cansa. No puede embriagarse. Sus sensores proporcionan una visión de 360 grados del mundo, rastreando simultáneamente peatones, ciclistas y otros vehículos con un nivel de vigilancia que ningún humano puede igualar. Al eliminar la causa principal de los accidentes —nosotros—, los coches autónomos tienen el potencial de salvar un número extraordinario de vidas y prevenir millones de lesiones. Esto por sí solo es un poderoso motivador para perseguir la tecnología con urgencia y cuidado.

La promesa de la autonomía también se extiende a la creación de una sociedad más inclusiva y accesible. Para millones de personas mayores y personas con discapacidad, la incapacidad de conducir puede llevar a una pérdida de independencia y aislamiento social. Los vehículos autónomos ofrecen la perspectiva de una movilidad restaurada, permitiendo a las personas asistir a citas médicas, visitar a la familia o simplemente participar en sus comunidades sin depender de otros. Esta tecnología podría ser la clave para desbloquear una mayor calidad de vida y mayor autosuficiencia para algunas de nuestras poblaciones más vulnerables.

Sin embargo, el camino hacia este futuro no está exento de obstáculos. La tecnología en sí es una maravilla de la ingeniería moderna, una compleja sinfonía de sensores, inteligencia artificial y aprendizaje automático que se explorará en detalle en los próximos capítulos. Pero dominar la mecánica de la conducción es solo una parte del desafío. También debemos navegar por un laberinto de dilemas éticos, ambigüedades legales y amenazas de ciberseguridad que son tan complejos como el código que hace funcionar los coches.

Uno de los temas más debatidos es el "problema del tranvía" de la ética de los VA. ¿Cómo debería programarse un coche para actuar en un accidente inevitable? ¿Debería priorizar la seguridad de sus ocupantes o la de los peatones en la calle? No son solo experimentos mentales filosóficos; son decisiones de programación que tendrán consecuencias en el mundo real y nos obligan a confrontar difíciles preguntas morales sobre el valor que damos a la vida humana.

Luego está el laberinto legal y regulatorio. En caso de un choque que involucre a un coche autónomo, ¿quién tiene la culpa? ¿El propietario, el fabricante, el desarrollador de software o el operador de la flota? Nuestros marcos legales actuales se basan en el concepto de un conductor humano, y adaptarlos a un mundo de máquinas autónomas será una tarea monumental para legisladores y la industria de seguros por igual. La transición requerirá un replanteamiento completo de la responsabilidad.

La ciberseguridad presenta otro desafío formidable. Un vehículo conectado a internet es, por definición, vulnerable al hackeo. La perspectiva de que un actor malicioso tome el control de un solo coche, o incluso de una flota entera, es una pesadilla de seguridad que debe abordarse con sistemas robustos y redundantes. Proteger estos vehículos de amenazas digitales es tan crítico como garantizar su seguridad física en la carretera.

¿Y qué hay del elemento humano? Por todos sus defectos, la conducción es una parte profundamente arraigada de nuestra cultura y psicología. Entregar el control a una máquina requiere un salto de fe significativo. La percepción pública y la confianza son obstáculos mayores para la adopción generalizada. Las encuestas muestran que, aunque la confianza aumenta lentamente, la mayoría de la gente aún expresa miedo o aprensión ante la idea de viajar en un vehículo totalmente autónomo. Construir esa confianza será un proceso gradual, que probablemente requerirá que las personas experimenten la tecnología de primera mano antes de estar dispuestas a adoptarla.

Este libro les guiará a través de este paisaje complejo y fascinante. Comenzaremos con una mirada al pasado a la historia sorprendentemente larga de las ambiciones autónomas, rastreando a los pioneros y avances que nos trajeron a este momento. Luego nos sumergiremos en la tecnología en sí, desmitificando los sensores, la inteligencia artificial y el software que actúan como los ojos, oídos y cerebro del coche. A partir de ahí, exploraremos los profundos impactos en nuestra economía, nuestras ciudades y nuestras vidas diarias.

No eludiremos las preguntas difíciles, dedicando capítulos a los dilemas éticos, las batallas legales, los riesgos de ciberseguridad y las preocupaciones de privacidad que vienen con un mundo de coches constantemente conectados y basados en datos. Examinaremos el lado humano de esta transición, desde la psicología de soltar el volante hasta el imperativo de asegurar que esta nueva tecnología sirva a todos en nuestra sociedad, no solo a unos pocos privilegiados.

El viaje hacia un mundo totalmente autónomo es una maratón, no un sprint. Es un camino lleno de obstáculos tecnológicos, debates regulatorios y ajustes sociales. Las preguntas ya no son si los coches autónomos se convertirán en parte de nuestro mundo, sino cómo gestionaremos su llegada. ¿Cómo moldearemos esta tecnología revolucionaria para maximizar sus increíbles beneficios mientras mitigamos sus innegables riesgos?

Desde el viaje diario al trabajo hasta el futuro del comercio, desde el diseño de nuestras ciudades hasta el núcleo de nuestros principios éticos, el coche autónomo está destinado a desafiar nuestras suposiciones y remodelar nuestro mundo. El volante se nos escapa de las manos, y lo que nos espera es un paisaje de posibilidades, desafíos y decisiones que definirán el siglo XXI. El camino por delante aún se está pavimentando, y es un viaje que todos emprenderemos juntos.


CAPÍTULO UNO: El amanecer de la era sin conductor: Una perspectiva histórica

El sueño de un coche que se conduce a sí mismo no es un producto del siglo XXI. Es una visión persistente, centenaria, que precede a la invención del microchip, el satélite y los lenguajes informáticos que la hacen posible. Mucho antes de que los ingenieros abordaran seriamente el problema, los futuristas y diseñadores quedaron cautivados por la idea de recuperar el asiento del conductor. Era una fantasía de comodidad, una visión utópica de un mundo donde la falibilidad humana era eliminada del acto cada vez más complejo y peligroso de conducir.

Una de las visiones tempranas más espectaculares se presentó a millones de visitantes en la Exposición Universal de Nueva York de 1939. En una exposición llamada «Futurama», patrocinada por General Motors y diseñada por el visionario industrial Norman Bel Geddes, los asistentes fueron transportados sobre una maqueta a escala masiva de una América imaginada de 1960. Sobrevolaron ciudades extendidas y campiña prístina conectadas por «Autopistas Mágicas». No eran solo carreteras; estaban automatizadas, con coches eléctricos radiocontrolados que se movían en una armonía perfectamente espaciada y libre de accidentes, guiados por campos electromagnéticos de circuitos incrustados en la carretera. La visión de Bel Geddes resultó extrañamente previsora, prediciendo correctamente un sistema nacional de autopistas interestatales, pero su cronograma para la «autopista automatizada» era, para decirlo suavemente, optimista.

Aunque la idea capturó la imaginación pública, los primeros pasos tangibles, aunque primitivos, hacia la automatización no surgieron hasta después de la Segunda Guerra Mundial. Estos primeros sistemas no eran «inteligentes» en ningún sentido moderno. Eran soluciones de fuerza bruta que dependían de la infraestructura para guiar el vehículo, convirtiendo efectivamente el coche en un tren sobre una vía invisible. En la década de 1950, los Laboratorios RCA comenzaron a experimentar con este concepto, creando un coche en miniatura que podía guiarse mediante cables tendidos en el suelo de un laboratorio.

Esta curiosidad de laboratorio pronto llegó a la carretera, literalmente. En 1957, RCA, en colaboración con el Estado de Nebraska, demostró un sistema a escala real en una franja de 400 pies de una autopista pública. Circuitos detectores enterrados en el pavimento enviaban señales a un dispositivo receptor en un vehículo de prueba, guiando su dirección. Una revista de RCA de la época imaginaba un futuro cercano donde el conductor simplemente podía pulsar un botón de «Conducción Electrónica» en el salpicadero y relajarse, confiando en que la comercialización de tales autopistas automatizadas estaba a la vuelta de la esquina, quizás para 1975.

General Motors, habiendo plantado la semilla en la Exposición Universal, continuó explorando el concepto con su fantástica serie de prototipos Firebird, propios de la era del jet. El Firebird II de 1956, un coche familiar con carrocería de titanio y cabina en forma de burbuja, se promocionaba con un sistema de guía electrónica que podía seguir una varilla metálica en la carretera, permitiendo al conductor relajarse en la «autopista automática». El posterior Firebird III, que debutó en 1959, refinó aún más este concepto, imaginando un coche que podía seguir energía de baja frecuencia de un cable incrustado en la autopista. No eran vehículos de producción, sino escaparates rodantes de lo que podría ser posible, fusionando diseño futurista con la promesa de una experiencia de conducción sin manos.

Durante décadas, el concepto de un coche autónomo permaneció atado a estos sistemas de guía externos. El coche en sí era «tonto»; la inteligencia, tal como era, residía en la carretera. Se requería un cambio fundamental de pensamiento, uno que colocara el «cerebro» dentro del propio vehículo. Esta transición del control externo a la autonomía a bordo tuvo que esperar la llegada de una tecnología transformadora: el ordenador. El sueño de un coche que pudiera ver, pensar y reaccionar a su entorno era imposible sin potencia computacional.

Los primeros destellos de navegación verdaderamente autónoma —vehículos desvinculados de cables o raíles— comenzaron a surgir de laboratorios académicos y de investigación en la década de 1970. En 1977, un avance significativo provino del Laboratorio de Ingeniería Mecánica de Tsukuba en Japón. Su vehículo fue el primero en no depender de la guía de la carretera. En su lugar, utilizaba dos cámaras y tecnología de ordenador analógico para procesar la imagen de la carretera por delante, rastreando marcas viales blancas para navegar a velocidades de hasta 20 millas por hora. Fue un paso revolucionario, demostrando que un vehículo podía percibir e interpretar su entorno, por simple que fuera.

Al otro lado del mundo, otros investigadores comenzaban a lidiar con los inmensos desafíos de la visión artificial y el control robótico. En la Universidad de Stanford, el «Carro de Stanford», un pequeño robot con ruedas, fue un pionero temprano en este dominio. Originalmente desarrollado en la década de 1960 para explorar la navegación lunar, a finales de la década de 1970 utilizaba visión estereoscópica para construir un modelo 3D de su entorno y planificar meticulosamente una ruta para evitar obstáculos. El proceso era increíblemente lento, con el carro tardando a veces horas en moverse unos metros, pero fue una prueba de concepto crucial para la navegación basada en visión.

La década de 1980 vio acelerarse la investigación, impulsada en gran medida por la financiación militar y el avance constante de la miniaturización y la potencia de procesamiento de los ordenadores. En Alemania, un equipo de la Universidad de la Bundeswehr de Múnich, dirigido por Ernst Dickmanns, se convirtió en una fuerza dominante en el campo. Dickmanns, ingeniero aeroespacial, aplicó su conocimiento de los sistemas de visión dinámica —procesamiento visual rápido y reactivo— a los vehículos de carretera. En 1986, su furgoneta Mercedes-Benz reconvertida, conocida como VaMoRs, condujo por sí misma en un tramo cerrado de la Autobahn, alcanzando velocidades de casi 60 millas por hora.

El trabajo de Dickmanns formaba parte de la masiva iniciativa paneuropea de investigación conocida como el Proyecto EUREKA Prometheus, un esfuerzo de casi mil millones de dólares para mejorar la seguridad y la eficiencia del tráfico mediante tecnología avanzada. A mediados de la década de 1990, su equipo había logrado progresos asombrosos. Sus vehículos más nuevos, VaMP y su gemelo VITA-2, emprendieron un viaje desde Múnich, Alemania, a Copenhague, Dinamarca, y de vuelta en 1995. Los coches condujeron durante periodos prolongados en tráfico normal, cambiando de carril y adelantando a otros vehículos de forma autónoma, alcanzando velocidades superiores a 100 millas por hora. Fue un logro histórico, demostrando un nivel de capacidad años por delante de su tiempo.

Mientras tanto, en Estados Unidos, la Universidad Carnegie Mellon (CMU) se estableció como una potencia en la investigación de vehículos autónomos con su proyecto «Navigation Laboratory», o Navlab. A partir de 1984, con financiación de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada de Defensa (DARPA), el proyecto Navlab produjo una serie de vehículos cada vez más sofisticados. El primero, el Navlab 1, era una furgoneta Chevrolet llena de bastidores de hardware informático y un generador eléctrico. A finales de la década de 1980, podía navegar a hasta 20 millas por hora.

El equipo de CMU fue pionero en el uso de redes neuronales para la conducción, una técnica donde el sistema aprende observando a un conductor humano. Este enfoque, llamado ALVINN (Vehículo Terrestre Autónomo en una Red Neuronal), permitía que un vehículo se entrenara en nuevas carreteras relativamente rápido. Este trabajo culminó en el famoso viaje «Sin Manos a Través de América» en 1995. El Navlab 5, un monovolumen, viajó desde Pittsburgh a San Diego, conduciéndose a sí mismo durante más del 98 % del viaje de 2.850 millas. Aunque los ocupantes humanos seguían controlando el acelerador y los frenos por seguridad, el viaje fue una poderosa demostración de la madurez creciente de la tecnología.

A pesar de estas impresionantes demostraciones, a finales de la década de 1990, el campo de la conducción autónoma había entrado en lo que los investigadores a veces llaman un «invierno de la IA». La inmensa expectación de décadas anteriores se había desvanecido a medida que se hacía evidente la dificultad del problema. La tecnología era prometedora pero aún frágil, propensa a fallar en situaciones impredecibles y muy lejos de ser un producto comercialmente viable. Hacía falta un nuevo catalizador, un desafío audaz con un importante premio en metálico, para reavivar el campo y lanzarlo a la era moderna.

Ese catalizador fue el Gran Desafío de DARPA. DARPA, la agencia de investigación y desarrollo del ejército estadounidense, tenía un interés estratégico en los vehículos terrestres autónomos para tareas como convoyes de suministro en entornos peligrosos. Para estimular la innovación, el Congreso autorizó a DARPA a ofrecer un premio para una competición que enfrentaría a equipos entre sí en una agotadora carrera todo terreno. El objetivo era simple pero audaz: construir un vehículo que pudiera navegar de forma autónoma por un amplio recorrido desértico.

El 13 de marzo de 2004, el primer Gran Desafío dio comienzo en el desierto de Mojave. Quince equipos se reunieron en la línea de salida cerca de Barstow, California, para intentar una ruta de 150 millas hasta Primm, Nevada. El evento fue, por cualquier medida objetiva, un fracaso espectacular. Ninguno de los vehículos estuvo cerca de terminar. Los robots se atascaron en las rocas, se salieron del recorrido y sufrieron averías mecánicas. El vehículo con mejor rendimiento, el «Sandstorm» de Carnegie Mellon, logró recorrer solo 7,32 millas antes de quedarse atascado en una curva de herradura. El premio de 1 millón de dólares quedó desierto.

Sin embargo, el fracaso del primer Gran Desafío fue también su mayor éxito. Creó una comunidad vibrante de ingenieros, programadores, estudiantes y mecánicos de garaje, todos centrados en un único y difícil problema. Reveló las debilidades de los enfoques existentes y galvanizó a los equipos para hacerlo mejor. DARPA anunció inmediatamente un segundo desafío para el año siguiente, duplicando el premio en metálico a 2 millones de dólares.

El Gran Desafío de DARPA de 2005 fue una historia completamente distinta. Los equipos regresaron con sistemas mucho más sofisticados y robustos. Cuando se asentó el polvo tras una carrera de 132 millas, cinco vehículos habían completado con éxito todo el recorrido. El ganador fue «Stanley», un Volkswagen Touareg azul de la Universidad de Stanford, dirigido por Sebastian Thrun. Stanley terminó el recorrido en poco menos de siete horas, un salto monumental en el rendimiento respecto al año anterior. El evento demostró que la navegación autónoma en entornos complejos y fuera de carretera no solo era posible, sino alcanzable.

Habiendo conquistado el desierto, DARPA puso su mira en un entorno aún más complejo: la ciudad. El Desafío Urbano de DARPA de 2007 requería que los vehículos operaran en un entorno urbano simulado, obedeciendo las leyes de tráfico, navegando por intersecciones, evitando otros vehículos en movimiento y aparcando. El evento se celebró en una antigua base de la Fuerza Aérea en Victorville, California, y representó la pieza final del rompecabezas fundacional. Conducir en tráfico no es solo cuestión de evitar obstáculos; requiere una forma de inteligencia social, predecir las acciones de otros conductores y tomar decisiones en tiempo real.

Once equipos llegaron a la prueba final, y seis completaron con éxito el recorrido urbano de 60 millas. El ganador fue el equipo Tartan Racing de Carnegie Mellon con su Chevy Tahoe, «Boss», seguido de cerca por el «Junior» del equipo de Stanford. El Desafío Urbano fue un momento decisivo. Las tecnologías y, lo que es más importante, el talento forjado en el crisol de los desafíos de DARPA pronto se dispersarían y formarían el núcleo de la industria comercial del coche autónomo.

La transición de la investigación académica y militar a una carrera comercial a gran escala comenzó casi de inmediato. En 2009, Google lanzó en secreto su propio proyecto de coche autónomo, bajo el nombre en clave Proyecto Chauffeur. El equipo era un quién es quién de los desafíos DARPA, incluyendo a Sebastian Thrun de Stanford y Chris Urmson de Carnegie Mellon. Google también adquirió una startup, 510 Systems, fundada por Anthony Levandowski, quien había construido una motocicleta autónoma para los desafíos.

El enfoque de Google era diferente. No se trataba de ganar una carrera, sino de construir un producto seguro y práctico. El proyecto se lanzó con un formidable desafío de los fundadores Larry Page y Sergey Brin: conducir de forma autónoma en diez rutas diferentes de 100 millas en California. Utilizando una flota de Toyota Prius equipados con un distintivo sensor lidar giratorio, el equipo comenzó a acumular silenciosamente cientos de miles de millas en carreteras públicas, una hazaña que habría sido impensable solo unos años antes. Para cuando el proyecto se reveló públicamente en 2010, ya había alcanzado un asombroso nivel de experiencia de conducción en el mundo real, sentando las bases para el crecimiento explosivo y la inversión que definirían la década venidera.


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